¿Qué hacemos con los primeros grados?

Oposiciones a Ayudantes y Psicólogos de prisiones
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Los malos, los inadaptados, los peligrosos. Un día, si queréis, hablamos de la psicología del mal y si de verdad existe la maldad. Habrá quien opine que estamos ante enfermos mentales, y habrá quien considere que la maldad, propiamente, existe al margen de la patología. Es una discusión compleja, y admite más de un punto de vista. Y en prisión, como no podía ser de otro modo, asistimos como eternos espectadores a comportamientos violentos que nos ponen a todos en la diana. No olvidemos nunca, por favor, que las personas peligrosas son una amenaza potencial para todos los que nos movemos en prisión: no vale diferenciar entre psicólogos, juristas, médicos o funcionarios de interior. Tengamos en mente la visión global que siempre hemos defendido.
Para lo anterior, el Reglamento contempla la aplicación del más restrictivo de sus regímenes de vida: hablamos del régimen cerrado o primer grado.
En primer lugar, conviene aclarar que la aplicación de esta modalidad de vida jamás es gratuita y en modo alguno aleatoria. La Administración posee instrumentos y órganos que meditan sus decisiones y abogan permanentemente por soluciones. Una de esas soluciones, pese a su gravosidad, es la regresión a primer grado.
Cualquier prisión prefiere, qué duda cabe, un clima de convivencia ordinario, tranquilo y sin sobresaltos. Va en beneficio de todos. Pero los internos e internas inadaptados y en creciente o permanente actitud violenta y peligrosa son también una realidad, y si trabajamos en prisión estamos preparados para afrontar estos casos y responder con firmeza y sin perder de vista el objetivo de dicha regresión de grado.
Y el objetivo, señores, es claro: aislar a esa persona para proteger al resto de internos (y de funcionarios), procurando que pueda volver a hacer vida cuanto antes en un régimen ordinario y de normalidad. Que nadie se engañe: el primer grado no se adopta a modo de revancha ni a modo de castigo indefinido. Aplicar el régimen cerrado no es ninguna tontería, y el Reglamento contempla una serie de variables para que pueda adoptarse. Las prisiones trabajan siempre con la Ley en la mano. Y el primer grado cabe perfectamente en la Ley y en el Reglamento. A los futuros psicólogos de prisiones, os tocará el día de mañana tomar este tipo de decisiones. Os estáis formando para ello.
Regresar a una persona significa una reducción drástica de sus horas de esparcimiento, y un estilo de vida con mucho menos contacto con otros internos. Al margen de eso, y de forma natural, la supervisión sobre esa persona y el control se incrementan notablemente. Nadie puede negar lo duro de la decisión. Por eso mismo, la Administración contempla este régimen como algo excepcional y transitorio, pero sin embargo necesario cuando las condiciones lo permiten y lo aconsejan. De hecho, si la revisión de grado se produce normalmente como mucho a los seis meses, en aquellos internos o internas en primer grado, ésta se lleva a cabo cada tres meses. Es decir, se está muy encima de esas personas sometidas a un régimen de vida especialmente restrictivo.
Y sin embargo, como siempre, el tratamiento.
También para estas personas hay diseñadas intervenciones. Traemos de nuevo a colación la potencialidad de nuestro sistema en cuanto a su capacidad resocializadora.
La Instrucción 17/2011 aborda de forma directa el protocolo de intervención para internos en régimen cerrado. Hay muchas cosas interesantes de dicha instrucción, pero sin duda una de las que más llama nuestra atención es el hecho de abogar de forma clara y directa por una colaboración estrecha entre funcionarios de vigilancia y los equipos técnicos. ¿Es posible un tratamiento sin contar con todos los funcionarios de interior? Creemos que no. Una vez más, y os cansaréis de escucharlo y leerlo en este blog, es impensable una visión de la intervención penitenciaria que separe en compartimentos estancos las áreas de seguridad y tratamiento. Es imposible porque la seguridad necesita del tratamiento, y viceversa. La complementariedad no es sólo necesaria, sino lógica.
¿Y qué hacemos con los primeros grados? Pues esencialmente procurar su progresión a la mayor brevedad, con las condiciones de seguridad que sean necesarias. El Reglamento nos permite incluso jugar con un principio de flexibilidad que haga paulatina la incorporación del interno al medio ordinario de convivencia.
¿Qué debemos hacer, pues, con los primeros grados? En definitiva, tratarlos. Tratarlos e intervenir sobre ellos. Que no se nos olvide esta premisa nunca: en prisión hemos de estar dispuestos, siempre, para recuperar a la persona, al ser humano. A veces no será posible, olvidemos por favor la absurda utopía tratamental. Muchas otras, sí lo será. El régimen cerrado, incluso cuando el motivo que lo haya motivado sea de una crudeza incuestionable, no puede ser sinónimo de aislamiento eterno. No es un pozo de olvido. Es una fase necesaria, transitoria, reglamentaria y legal, que nos protege a todos (a los internos también) y donde debemos poner «toda la carne en el asador». La propia instrucción, bastante ambiciosa, recoge todas las áreas de intervención: habilidades sociales, agresividad, higiene, etc.
¿Alguien piensa que el primer grado sirve de algo si nos limitamos a aplicarlo y nos olvidamos de la persona?
Ya conocemos lo que indican los modelos más reconocidos: intervención siempre en los delincuentes de más riesgo, sobre variables potencialmente cambiables, y en base a lo que el interno pueda reconocer como válido y pueda comprender. Teniendo esto en cuenta, se hace incuestionable la necesidad de extender nuestra intervención a todos los niveles. También a los niveles a veces olvidados.
Vais a trabajar en prisión, como ayudantes o como psicólogos. Nada en prisión es como en las películas (por suerte). Muchas veces, ya lo dijimos, nuestra realidad es mucho más interesante y bastante más triste. El primer grado no son las galerías de las películas. El primer grado va de personas deterioradas, muchas veces enfermas, sin capacidad de autorregulación, que hacen daño y se hacen daño. No va de víctimas, no va de sentir compasión gratuita, no va de confundir las líneas. Va de aplicar la ley, y de saber lo que estamos haciendo.
El primer grado va de estar en nuestro sitio y de tratar. Y va de vivir la realidad de la prisión desde la profesionalidad. También la realidad menos amable y más dura.
Eso os hará grandes funcionarios de prisiones, a todos.
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