El viaje a Marte

Oposiciones Prisiones Murcia
Oposiciones Psicólogos Prisiones y Ayudantes Prisiones Murcia
Hubo un interno que me dijo una vez que la prisión era como la vida en mp3. Nunca lo entendí, y el paso de los años ha hecho que lo comprenda. La vida en prisión es una burbuja comprimida donde tiene cabida lo mejor y lo peor, lo intenso y lo insignificante, lo trascendente, lo rupturista, la tragedia. Y también esas curiosas alegrías que a ojos de los libres parecen alegrías absurdas y ridículas. La vida en prisión es algo así como un punto y aparte tras el cual se extiende el manto de lo desconocido.
Hay personas que se acercan al mundo penitenciario por absoluta vocación, otros dan el paso por una necesidad de estabilidad laboral, otros muchos aterrizan en prisiones por una suerte de carambola imprevista. Y son muchos los que no saben el motivo que les llevó a opositar para ser funcionarios de prisiones, bien en el cuerpo de ayudantes, bien como psicólogos, juristas, o cualquier otra especialidad. Pero lo cierto es que, una vez ejerciendo, la inmensa mayoría de funcionarios no cambiarían fácilmente su puesto de trabajo por ningún otro. Y en ello no sólo tienen que ver razones económicas.
La prisión, siempre, ejerce una suerte de atracción extraña. Una fascinación curiosa.
Me descubro, infinitas veces, contemplándola como si se tratase de un objeto. Observándola. Intentando definir de forma racional el remolino inexplicable de situaciones, emociones, circunstancias, personas y dinámicas que en ella se generan a diario. El mp3 puesto a todo volumen, imposible de detenerlo o silenciarlo. Una banda sonora extraña, siempre.
Porque la prisión tiene vida propia y no descansa jamás. Uno decide subirse al tren, y si no fue por vocación, a menos que tenga un mínimo de sensibilidad y de interés por aprender, termina disfrutando inevitablemente de los paisajes marcianos que la travesía pone delante de nuestros ojos sin anestesia previa. De golpe y a bocajarro. Un lunes temprano por la mañana.
La prisión es el escenario también de las tragedias y de los submundos. Los del telediario, los de las películas americanas. Con la salvedad de que nada en prisión es tan cinematográfico como creemos. A menudo es mucho más triste, casi siempre es mucho menos épico. Y siempre es infinitamente más interesante.
Uno aprende también que a prisión se ha de venir con el trabajo hecho, sabiendo donde estamos y sin parcelas de ego pendientes de explotar y saciar. En prisión sólo se puede disfrutar desde la humildad y desde la responsabilidad. Dar rienda suelta a las motivaciones de poder (¡con lo fácil que ello resulta cuando se ostenta el poder y la autoridad!) suele conducir a un callejón sin salida en el que antes de darnos cuenta, nos habremos prisionizado aún más que el interno. Y entonces los ojos críticos, el hambre de aprender, el disfrute de observar esta película real y la sensación de crecimiento permanente se nos viene abajo.
Por ese motivo, la prisión actúa como corrector diario. Como reflejo inevitable de la sociedad, o de parte de ella. La prisión te enseña y te oculta, y cuando crees que algo es seguro y cierto, hace aparición la otra cara del ser humano y se desmonta el castillo de naipes. La otra cara increíble y no esperada, en el peor pero también en el mejor de los sentidos.
La prisión es humor también. En los paisajes marcianos uno aprende a reírse de lo imposible. Alguien me habló una vez de la disociación penitenciaria: escuchamos barbaridades que nuestro cerebro necesita normalizar forzosamente, porque de lo contrario cargaríamos con el terror de contemplar día tras día lo inimaginable e inexplicable. Pero es un humor contenido, muy ocasional, excepcional. Necesario. Y tras el cual vuelve a abrirse el abismo y volvemos a sujetarnos bien a las cuerdas para recorrer el camino. Un camino muchas veces resbaladizo.
Y así pasan los días. Y uno se sabe rodeado de los desechados de la sociedad, de los que no queremos en nuestro vecindario, ni en nuestra calle, ni en nuestra familia. En prisión conviven los apartados, los desesperados, los que han perdido cualquier atisbo de esperanza hace tiempo. En prisión existen personas en medio de la tiniebla. Y son las que se agarran a cualquier mano que les ofrezca ayuda como si se tratase del mayor de los regalos de una vida de ruina y donde nunca amanece. Y ese es exactamente el punto en el que toma enorme valor esta profesión extraña: si uno no cree en la capacidad de cambio y en el ser humano por encima de todo lo demás, si uno no cree que siempre queda algo por hacer, la prisión se convierte en una película de morbo y risa. Pero no estamos aquí para jugar a eso.
Sí, creo que la prisión es una magnífica lección de vida. Es algo que he comenzado a vivir y sentir después de algunos años. Siempre les decimos a nuestros opositores que ser funcionario es una cosa muy seria: ser un servidor público es una responsabilidad. Serlo, además, cuando se está trabajando con personas y decidiendo sobre sus vidas, es una responsabilidad incluso mayor. Y genera vértigo. Y nos confronta con nuestros propios fantasmas, con nuestras miserias, con nuestras penumbras. ¡Y nos damos cuenta que claro que las tenemos! La prisión tiene un punto misterioso de homogeneización en lo humano. En muchas cosas (en más de las que queremos creer), no hay diferencias entre las personas. Estén en una celda o en un despacho. Siempre lo hemos sabido, pero en la cárcel esta es una realidad imposible de ocultar.
Por eso la prisión nos enseña a diario. Entre otras cosas, nos enseña el valor de la libertad. Esa libertad sobre la que tampoco nunca nos paramos a pensar.
Nos enseña el valor de apostar por la persona.
A los que ya estáis, os damos la enhorabuena por vuestro trabajo. Y a los que estaréis, aunque no sea por vocación, os damos por anticipado la bienvenida en este viaje a Marte.
No dejéis de implicaros. Y jamás os arrepentiréis.
 

Written by oposicionesopen

Website:

Recent Comments

  • mgf

    29 junio, 2016 at 8:37 pm

    Preciosa reflexión, no me canso de leerla.
    Parece que en Marte hace menos calor del que creemos, y se puede habitar allí sin llegar a ser un marciano!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *